Sociología de bar, por Ana Tristán

 

Las mesas de bares y cafeterías son los tableros de esparcimiento de la humanidad, especialmente en verano.

Detrás de la barra la clase trabajadora, sonriente por contrato, sirve bocatas y cervezas a la masa social que `disfruta´ en su respiro vacacional.

El bar es, después del Facebook, el centro neurálgico de la socialización horizontal. Obreros, estudiantes, ejecutivos y jubilados se encuentran para tomar cañas y refrescar el pensamiento. Familias y parejas toman vermús para hidratar la cotidianeidad y alimentar relaciones. Vendedores ambulantes, músicos y mendigos aprovechan el bullicio de las terrazas para sacarse unas pelillas.

La costa española, con sus resorts y hoteles de lujo plagados de turistas expectantes de menús y atardeceres, es la paradoja viviente del mundo.

Allí se concentran la gestión millonaria del aburrimiento de unos y la explotación laboral de los otros, aderezado todo ello con una buena dosis de destrucción medioambiental.

Allí se encuentran en una misma dimensión la búsqueda de emociones de las clases medias y el vacío enlatado de los gastro-bar. Una ilusión de paredes de madera, bicis y lucecitas en mitad de una escombrera.

La demolición paisajística del entorno natural y la búsqueda de fotos en idílicos jardines dan muestra de las mentirijillas del turismo como motor de crecimiento económico.

 

El sueño de una noche de verano de millones de ociosos europeos es rebozarse en la arena de lejanos países, ingerir exóticas bebidas con nombres en inglés y trozos de lechuga, hacer selfies que den cuenta de lo majos que somos y si se puede, pillar cacho.

De sur a norte y de oeste a este, bordeando la costa y atravesando Andalucía, los centros de explotación de obreros y temporeros escondidos bajo kilómetros de plástico y uralita se pierden en la vista. En los invernaderos y en la obra no hay aire acondicionado, el sol no pone moreno sino que quema la vida y mata de extenuación. Aquí de momento no es oportuno hacer selfies sino mirar para otro lado.

-Qué trágica te pones, chica. Ponte una caña y relájate un pizco.

+ La vida es una tragicomedia, por mucho que prohíban la filosofía.

De camino a la frenética primera línea de mar, es condición para el disfrute playero desactivar los interruptores de la realidad y pensar que algo maravilloso y sorprendente está a punto de acontecer. Nos merecemos estas vacaciones. Necesitamos aventuras.

Como en cualquier sector de nuestro querido y odiado capitalismo, podemos encontrar ofertas para el ocio y el disfrute según nuestra identidad, nacionalidad o poder adquisitivo. Desde una experiencia única y natural en una granja-escuela donde probar y representar por unos días la vida del campo (ejem), hasta un tour por las mejores tiendas y boutiques de París. Sírvase usted mismo e introduzca el número de su tarjeta.

Volviendo a las vacaciones en playilandia, el monocultivo de nuestro país, las caracólicas urbanizaciones de bungalows y apartamentos conforman un laberinto interminable de edificios iguales y bastante feos. En estas mini ciudades construidas para el disfrute de adinerados y aspirantes a serlo, el ser humano luce un color entre rojizo y marroncete que da muestra de nuestra devoción por los rayos ultravioleta.

Turistas rojigualdos se detienen a agasajar a las colonias de gatos que buscan raspas en las basuras. Las ordenanzas cívicas tratan de ocultar a los pobres y vecinos de la postal, mientras gatos, gaviotas y hoteleros hacen su agosto.

El gremio camareril­ de todo el planeta mantiene alimentada y algo borracha a la población para poder soportarse a sí misma el resto del año, a sus trabajos, familias y al mundo en que vivimos.

Este sector también tiene sus normas de ilegalidad implícita. El contrato es así, pero es otra cosa. Las temporadas son las temporadas. Trabajar siete días a la semana, once horas al día, es lo normal. Y gracias. Peor están las camareras de piso, las temporeras, peor están los invisibles.

No-lugares* como Starbucks o Mc Donalds son otra historia. En estos envases de felicidad plastificada para obesos, alimentarse es parte del proceso de producción y la relación humana está controlada por un robot que lanza hamburguesas. Los camareros no son camareros sino piezas del proceso de andamiaje de un Mc Menú.

El camarero tradicional, el de los garitos que resisten al proceso mcdonalizador, está en peligro de extinción. Un buen profesional del bebercio es árbitro y surtidor de borrachos, curas y alcaldes (sean o no la misma persona). Es también psicólogo, coaching personal y actor, gestor de conflictos, filósofo y trapecista.

Los tentáculos Míster Wonderfulianos del capitalismo purpurina están introduciendo un prototipo de trabajador joven, sonriente y flexible, que va arrinconando la conciencia del obrero en pos del universitario orgulloso de su opresión y de su i-phone.

En este último grupo estaría incluida una servidora. Varios de los procesos de selección que superé en mi andadura por bares y restaurantes se limitaron a observar mi simetría facial, mis conocimientos de inglés y mi aceptación de las condiciones esclavistas y flexibles.

La flexibilidad es la nueva forma de rigidez. Estar pendiente de una llamada, la disponibilidad continua para el cambio de turnos perpetuo. Y sonreír. Lo más importante es sonreír, aunque la máquina de cortar jamón te haya arrancado medio dedo.

 

Fte: eldiario.es

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