Noodles, kebab, sushi, derechos laborales

En bicicleta, a pie, en metro, precarios repartiendo al ritmo que marca la app. Una ficción sobre la “economía colaborativa”

 

Mira que se lo han dicho veces los compañeros: ponle siempre el antirrobo. O para ser más exactos: ponle siempre el puto antirrobo, Toni, no te fíes nunca, y que sea de barra, o de cadena con eslabones de acero, que los de cable te los cortan con la cizalla como si fuese hilo.

Y él siempre lo pone, aunque decir “siempre” suena a muchos años cuando en realidad hablamos de un “siempre” de solo dos meses. Desde el primer día en la calle no se ha confiado, no la deja suelta casi nunca. El “casi nunca” es por las veces en que no puede perder los pocos segundos de candar y luego soltar, porque el domicilio de entrega resulta estar a tres kilómetros como decía la orden, sí, pero en línea recta, y Toni no puede atravesar edificios ni volar sobre ellos; o porque como hoy el GPS le falla y tarda más de lo previsto en encontrar un bloque sin numerar, una verja que da entrada a un patio ajardinado, y los portales al fondo.

Así que hoy ha sido una de las excepciones al “casi nunca”: estaba ya fuera de tiempo sobre la hora de entrega, pasó la bici al patio y la dejó apoyada en el lado interior de la verja, desde fuera ni se veía, el ladrón debió de seguirle o salir del propio edificio. Esto último le parece menos probable: si se confió y no puso antirrobo fue también por el aspecto del lugar, vecindario de renta alta, solo hay que ver lo jodidamente cuidado que tienen el jardín, quién se iba a molestar por una bici del Carrefour de ciento veinte euros.

Empezó a inquietarse cuando todo se hizo lento: el retraso en abrirle el portal, el ascensor ocupado, la discusión con el gilipollas que le reprochó la tardanza y le exigió que esperase para comprobar si los noodles estaban fríos, “y como estén fríos te los comes tú y me traes otros”. Le amenazó con una valoración negativa en la app, y Toni mientras sonriendo como le han dicho que debe sonreír siempre al cliente, y pensando en su bici ahí abajo sin antirrobo, su bici que todavía no llevaba ni una pegatina que la distinguiera ni había apuntado el número de serie como le aconsejaron, su bici que ya no estaba cuando salió. No estaba. No está.

Con la mochila corporativa a la espalda sale a la calle y mira en ambas direcciones, corre hacia la esquina más cercana, da la vuelta a la manzana, llega hasta el tercer cruce y nada. Ni bici, ni ladrón de bicicletas.

Toni se deja caer en el bordillo, para subrayar su fracaso. El primer impulso es llamar a Jota, el ‘rider’ que desde hace dos meses le cede a Toni su cuenta de repartidor los días y horas que Jota no quiere trabajar. Es una solución provisional, hasta que Toni arregle los papeles y pueda hacerse autónomo y tener cuenta propia, pero la solución provisional dura ya dos meses. Jota se va a mosquear, porque hoy es festivo y esta es la hora de más demanda: si deja de estar disponible le quitarán puntos, no a él, que no existe, sino a Jota, pero al final es como si se los quitasen a él, porque si a Jota le dan menos horas de servicio, menos horas sobrantes pillará Toni también.

En estos pensamientos anda, con el móvil en la mano dudando si llamar, cuando el silbido avisa de un nuevo pedido: es un kebab a solo dos calles de aquí, entre todos los ‘riders’ activos, el algoritmo ha elegido por proximidad a Jota. Es decir, a Toni. La dirección de entrega no está muy lejos, un kilómetro setecientos, eso no son ni quince minutos a buen paso, y por el camino puede seguir buscando al ladrón con su bici.

Recoge la comida, trota por la avenida hasta la dirección marcada, entrega y apenas sale del portal vuelve a pitar la app: otro pedido. Esta vez sushi, restaurante a cuatro manzanas de donde está, pero el cliente a tres kilómetros y medio. Revisa el mapa, son dos paradas de metro y luego caminar un poco. Lo acepta, será el último transporte que haga hoy: en cuanto entregue llamará a Jota y le contará lo del robo. Si no quiere perder puntuación, que le preste su bici, o que la coja él mismo y salga a pedalear.

En el metro coincide con otros dos ‘riders’, uno a pie como él, otro con la bicicleta cargada en el vagón. La solidaridad cansada los reúne, y en seguida les cuenta lo del robo. Le aconsejan que lo avise en el chat interno, que diga modelo y color, por si un repartidor se cruza con el ladrón, no sería la primera vez que alguno recupera una bici gracias a los compañeros. Agradece el consejo, pero no les dice que para escribir en el chat interno primero tendría que consultárselo a Jota, que no se fía, por si la empresa le pilla y le cancelan la cuenta por compartirla.

− Quédate en la calle –le pide Jota cuando por fin lo llama, tras entregar el sushi−. En casa no vas a encontrar la bici, ¿no? Y tampoco vas a denunciar a la policía, ¿verdad? Date una vuelta por ahí, pregunta a otros ‘riders’ si la han visto.

− Vale, te devuelvo la mochila y me voy a buscarla.

− No, joder. Mientras la buscas, sigue repartiendo, qué más te da. Encima que te quedas sin bici, no pierdas también dinero, que hoy es un buen día.

Y eso hace Toni durante la siguiente hora y media: recoger y entregar otros tres pedidos. Uno a paso ligero, otro en autobús, y el tercero no le queda más remedio que coger un taxi. Culpa suya: aceptó el pedido sin comprobar antes la dirección, y resultó estar en una urbanización. El único autobús que va hasta allí se le escapa en sus narices, el siguiente tardará veinte minutos, y si entrega tarde y frío es casi peor que no entregar. Cinco euros de taxi, y gracias a que el taxista se compadeció y no le cobró la carrera entera. Después, media hora de caminata para regresar al centro. Ya basta por hoy, decide irse a casa.

Entonces la ve: la bicicleta. Sobre ella pedalea un repartidor de otra compañía, mochila a la espalda. Es su bicicleta, sí, joder, la reconoce. Echa a correr tras el ‘rider’, tan excitado que no tiene en cuenta que es un modelo muy común, bici barata, habrá cientos como la suya en la ciudad, pero eso ya lo aclarará cuando lo alcance. Corre, pega un grito, pero el otro no se detiene en el semáforo, lo pierde de vista tras la primera esquina.

Que le den por culo a Jota y sus precauciones: Toni saca el móvil, abre la cuenta y teclea en el chat interno: la agitación al teclear y el capricho del autocorrector resultan en un mensaje incomprensible. Se tranquiliza, vuelve a teclear, breve: lugar del robo, marca y color, y añade que ha visto a un ‘rider’ de otra plataforma que podría ser el ladrón. Recibe palabras de ánimo, pero también un par de reproches por acusar a otro ‘rider’, una cosa es que compitamos por coger los mejores servicios y otra que nos robemos el vehículo, entre nosotros hay compañerismo.

Entre pedido y pedido, mientras sigue buscando, pasa por las calles donde se concentran franquicias de comida rápida, punto de encuentro habitual de repartidores. A todos les cuenta el robo, les pide ayuda para encontrarla. Le recomiendan que mientras tanto utilice una bicicleta del servicio público de préstamo, pero para eso primero tendría que sacarse el abono, y antes de eso empadronarse, o al menos aportar algún documento identificativo, y él por ahora prefiere evitar tratos con la administración.

Cargado con tres pizzas aprovecha una cuesta abajo para correr más que andar. Oye gritos, silbatos, bocinazos y tambores, y al girar la esquina encuentra la avenida ocupada por cientos, miles de personas que caminan con pancartas y banderas rojas. Observa su paso desde la acera, y al girarse descubre a un fotógrafo que rodilla en tierra le está apuntando.

−No te importa, ¿verdad chaval? –dice el fotógrafo. Toni se encoge de hombros y vuelve a darle la espalda, y eso es lo que busca el fotógrafo: la mochila, el repartidor agotado, y la manifestación del Primero de Mayo pasando frente a él. Mañana aparecerá la imagen en varios periódicos, icónica, el representante del nuevo precariado frente a los viejos sindicatos, aunque eso Toni no lo sabrá, no lee prensa.

Entonces la ve otra vez: su bicicleta. Es el mismo ‘rider’ de antes, mochila a la espalda, que deja de pedalear y frena al topar con la manifestación. Descabalga, y empujando la bici se decide a atravesar la multitud. Toni le grita, “eh, tú, el de la bici”, y hasta se atreve con un “¡al ladrón!”, pero su voz no se levanta sobre los “Viva la lucha de la clase obrera” y “Así, así, ni un paso atrás…”

Corre hacia el ladrón, que ya ha desaparecido engullido por la manifestación. Se mete en la corriente humana en el mismo punto que lo hizo el ciclista, ve su casco entre las cabezas, no los separan más de treinta metros, ambos avanzan lentamente, uno abriendo con la bicicleta un breve pasillo que se cierra a su espalda, el otro entorpecido por la gran mochila cuadrada, están caminando hacia la zona del escenario y la concentración es más densa, tiene que rodear una batucada, se disculpa por pisotones y choques, hasta que acaba por perder de vista el casco, el repartidor, la bici, su bici.

En medio de la manifestación, mientras alguien desde el escenario habla de “poner en la agenda política la redistribución de la riqueza y acabar con la precariedad laboral y vital”, Toni gira de puntillas, dificultado el giro por la mochila, intenta distinguir el casco en todas direcciones, pero nada. Lo ha vuelto a perder.

Por la tarde el ritmo de pedidos se reduce, y él arrastra los pies hasta una zona de encuentro habitual, una plaza donde los ‘riders’ comen algo y se ayudan a reparar pinchazos mientras ríen con las mismas anécdotas de siempre y maldicen a los clientes que racanean propinas. Toni saluda a un par de habituales, se descuelga la mochila vacía, se deja caer en un banco de cemento caliente, se quita las zapatillas y los calcetines, una ampolla en un dedo. Y entonces, con la cara apoyada en las manos y los codos en las rodillas, justo cuando va a cerrar los ojos la ve. La bici. Su bici. Apoyada en una farola, y a su lado varios ‘riders’ charlando y tomando latas de bebida energética.

Descalzo, se acerca hacia la bicicleta a paso lento, sin hacer ruido, como si fuese un animal que pudiera espantarse y salir huyendo. Se agacha y la observa. No se lo puede creer. El modelo, el color, el soporte para el teléfono en el manillar. Solo falta el antirrobo, que siempre lleva colgado en la barra.

Mira de reojo a los ‘riders’ que no han advertido su presencia. Se incorpora y, sin decir nada, la agarra por el manillar, la gira y la empuja hacia el banco donde dejó la mochila y los zapatos.

−Oye, que es mi bici –dice alguien a su espalda, pero Toni se hace el sordo, no se detiene hasta que lo frena una mano en el sillín y otra en su hombro, y la voz que insiste:

−De qué vas, tío, que es mi bici.

−Es mía –se gira por fin, se encara con el ‘rider’ al que ahora, sin casco ni mochila, ya no reconoce.

−No seas capullo, devuélvemela.

−Tú me la robaste, vi cómo te la llevabas.

El otro tira de la bici, Toni se aferra al manillar, tironean brevemente hasta que el que cree ladrón le da un empujón en el pecho, Toni suelta una mano de la bici y sin cerrar el puño le da una bofetada leve, más una advertencia, tocar la cara, pero ya se han acercado otros repartidores que los agarran y separan.

“Es mi bici, es mi bici”, repite Toni forcejeando, entre tres lo alejan a tirones hasta sentarlo en el banco. Él intenta explicarse, pero solo consigue un relato confuso, no le salen las frases que ha rumiado todo el día. Uno le pregunta si puede demostrar que la bici es suya. El otro ‘rider’, el supuesto ladrón, señala una pegatina propia en el cuadro, pero pudo ponérsela nada más robarla. Toni busca un arañazo en el freno, del día que resbaló con la lluvia y se raspó la cadera y el codo, pero no está seguro de en qué lado de la bicicleta quedó la marca, tampoco le dejan comprobarlo ni pensar con calma, todo el mundo habla a la vez, y el otro repartidor acaba por subirse a la bici y largarse sin que Toni, descalzo y rodeado, pueda impedirlo.

−¡Lo veis, es un ladrón, se escapa! –grita, sin que nadie lo secunde.

Se deja caer en el banco. Los demás se retiran, sin perderlo de vista. Se tapa la cara, aprieta contra la nariz y la boca y los ojos los dedos que huelen a grasa.

Y entonces llora.

Un llanto tan escandaloso, tan inesperado, tan ridículo, que los ‘riders’ de la plaza quedan paralizados. Llora por la bici, o quizás no, era una bicicleta barata, ya encontrará otra. Llora por el cansancio del día, de la semana, de los dos meses. Llora porque ya no puede más. Llora porque se acuerda de aquella película vieja de la otra noche, y su compañero de piso que premonitorio le bromeó con que un día iba a acabar como el protagonista, derrotado y sin bici. Llora por eso, por todo, porque le da igual.

Entonces una mano en el hombro, otra que le masajea la espalda, palabras a media voz que no consiguen que se aparte las manos de la cara pero al menos apacigua los hipidos.

Si es por la bici tiene arreglo, dice uno, que se ofrece a hacer una colecta, entre compañeros hay que ayudarse. Desde detrás de los dedos oye a varios que se suman y buscan en sus bolsillos, la voz decidida de uno que se aleja y propone a otros que colaboren para ayudar al compañero.

Alguien se sienta a su lado, le pasa un instante el brazo por los hombros y lo estrecha para afirmar su cercanía y apoyo, luego retira el brazo pero sigue a su lado. Le habla cerca del oído, le cuenta que entre varios han montado un grupo de apoyo mutuo, tienen un chat propio, se cubren unos a otros cuando hace falta, se ofrecen de testigos si un compañero tiene un desencuentro con la empresa, alimentan semanalmente una caja común para echar una mano si uno tiene un accidente y no puede trabajar, y están preparando demandas contra la empresa, alguno ha ganado ya en los tribunales, cuantos más sean, más fuerza tendrán.

−¿Quieres unirte?

 

De eldiario.es

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