El infierno laboral de las «kellys» gallegas: 27 habitaciones por día a 2,50 euros

«Estamos hechas polvo, seguimos trabajando a fuerza de pastillas». «Cuando por la mañana te pasan la lista de trabajo te das de cabeza contra la pared». «Siempre vamos contra reloj». «A mí me han robado la salud». Son algunos de los testimonios recogidos en el libro de Ernest Cañada Las que limpian los hoteles. Historias, muchas veces ocultas, de una precariedad laboral agudizada en los últimos años por el fenómeno de la externalización. Pocas víctimas se atreven a dar la cara. «Hai moito medo», reconoce Isabel Montenegro, de 63 años, que vivió en sus propias carnes las consecuencias de alzar la voz.

Natural de O Grove, empezó a trabajar como camarera de piso en el año 81, «con vinte e poucos, acabada de casar», en una de las grandes referencias hoteleras de aquel momento a nivel nacional, el Gran Hotel La Toja, donde ya estaba empleado su marido.

«Tiven que deixar de traballar este verán por unha alerxia derivada do uso de produtos químicos»

Una época dorada que se vio ensombrecida por nubarrones que le restaron brillo. «Viñeron unha serie de cadeas. Os novos donos case nos prometeron que nos ían levar o soldo á casa sen ir traballar, pero eu desconfiaba». Andaba bien de olfato. En el 2015 llegó un ERTE (expediente de regulación temporal de empleo) y los primeros despidos. En esa época cobraba 850 euros por una jornada de 8 horas. «Negueime a ser fixa descontinua e botáronme», recuerda Isabel, que fue a juicio y ganó. No quiso regresar. «Reducíronlles o tempo de traballo ás miñas compañeiras. Agora van cinco meses ao ano».

Denuncia que las empresas externas han introducido factores como el estrés, la tensión o la competitividad insana, impuesta desde arriba. «Os empresarios están escollendo cantidade antes que calidade. Non se lle está dando ao cliente o que paga polo cuarto. Sei de camareiras que teñen que facer ata vinte e sete cuartos nun día, saídas incluídas -las que se preparan una vez realizado el check-out, y que llevan más tiempo-. Páganllas a dous euros cincuenta. É un abuso», denuncia Isabel, que admite no haber pasado por semejantes ratios. «En establecementos con moqueta e ducias de amenities, por exemplo, é imposible facer un cuarto en quince minutos». Y si los clientes ponen de su parte, claro. «Hai xente que deixa ata preservativos usados no cuarto, roupa interior, comida, botellas, que tes que apartar as cousas cos pés», protesta. Isabel muestra añoranza por los viejos tiempos. «Nin as grandes estrelas se comportaban así nin tiñan peticións extravagantes. Viñan políticos, como Kissinger, empresarios como Rockefeller… Só os distinguías pola escolta que levaban».

Por no hablar del escaso margen para la protesta. «Hai gobernantas que vixían e impoñen vetos como represalia. Unha rapaza de Tenerife que participou en mobilizacións tivo que poñerse a traballar nun supermercado porque non a collían en ningún hotel».

Retirada por enfermedad

Así que Isabel se quedó sin ocupación de un día para otro y rozando los sesenta. «Arrisquei moito, pero non estaba disposta a botar pola borda toda a loita polos nosos dereitos». En julio colgó las botas por enfermedad. «Teño asma empeorada por unha alerxia derivada do uso e exposición continuada a produtos químicos. Naqueles tempos mesturabas amoníaco con todo. Danme crises moi grandes e non podo respirar». Aunque la bursitis o el túnel carpiano están reconocidas como enfermedades profesionales, otras muchas que padece este colectivo, fruto de movimientos repetitivos de brazos y hombros, no. «A maioría temos hernias de disco».

 

 

Fte: L. VIDAL
REDACCIÓN / LA VOZ 

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